La ciudad de Tláloc

….Recuerdo que ese día era un día caluroso, uno muy molesto. Éste día cambió repentinamente como otros días en la ciudad. Los nativos de estas tierras tenían perfecta razón en creer que existía un Dios de la Lluvia, explicar sin satélites que ocurría con las lluvias espontáneas no podía explicarse de una mejor manera. Un Dios emocionalmente adolescente y emberrinchado al que había que satisfacer para que mantuviera un orden fluvial productivo, era una preocupación alimenticia continua. Si mi mente no está combinando historias, ese día que le hablé, fue un día en el que Tláloc cambió de estado de ánimo a una velocidad de 300000 Km/s. Los cuerpos de los inocentes fueron empapados, desprotegidos de abrigos, botas y otros aditamentos que impermeabilizan el cuerpo. El mío entre esos tantos tuvo que refugiarse como antaño en las cuevas, debajo de techos de estructuras feamente citadinas. Ella al igual que los demás estaba frunciendo el entrecejo, cerrando un poco los ojos como reflejo de protección ante el golpe de las gotas que chocaban con la corteza terrestre. Su cuerpo se veía encogido, retraído ante la tempestad del berrinche celestial. Ella con su piel de tonos irregulares, propios del trato climático, tenía la incomodidad de un felino bajo las aguas. Estábamos parados bajo el mismo techo, juntos con otros veinte Homo sapiens. Todos mirábamos las aguas humedecer los suelos a su paso, invadir y obscurecer los suelos con determinación. Orillándonos y retrayéndonos como bárbaros por oleadas de romanos. Ella y yo estábamos próximos. Cada vez más juntos en una masa multiforme. Ella y yo estábamos tan juntos que a menos de cuarenta centímetros estaban sus labios de los míos. Yo tenía la sensación de que me miraba, tenía la sensación de que podía oler mi deseo por besarla. Pensé en preguntarle su nombre. En decirle algo sobre Tlaloc y su arrebato. Pensé que sería lo suficientemente elocuente para atraerla, para expulsar una risa desde su diafragma hasta nuestra unión. Volteé, dije algo parecido a “ahhmmjjlllmmm”, si no mal recuerdo, quizá una “m” más o una menos. Pero, más rápido de lo que yo podía pensar y actuar, las aguas disminuyeron tan abruptamente como llegaron, cual emoción adolescente, permitiendo ahora el desplazamiento humano. Entonces ella sólo volteó ante el berrido que mis cuerdas vocales emitieron y se extrañó poco. Tal vez pensó que yo me quejaba del frio, porque fue así como improvisé mi sonido. Ella se conformó con eso y salió corriendo en busca de otro techo. Antes de que ese Dios del agua se volviera a enojar.

-Carlos Román

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